Desde la eliminadora de piojos hasta el hombre de la horca: el mundo laboral de la Edad Media estaba lleno de oficios que hoy nos parecen extraños, pero que en aquella época mantenían en marcha la vida cotidiana de toda una sociedad. Este artículo muestra quiénes eran estas personas, cómo vivían y por qué su trabajo era a la vez indispensable y despreciado.
Esto es lo que encontraréis en este artículo
- Conclusiones importantes
- Contexto: ¿qué hace que una profesión en la Edad Media sea «extravagante»?
- Cazapiojos, cazapolillas y demás: el aseo personal como profesión
- El barbero: entre la bañera, la sangría y el forúnculo
- Desolladores, encargados del vertedero y matadores: el manejo de los animales muertos
- Sepultureros y servicios funerarios: el trabajo en los límites del cementerio
- Verdugos y ejecutores: proscritos, temidos, pero indispensables
- El verdugo como sanador: un doble papel paradójico
- ¿Cuánto ganaba un verdugo en la Edad Media?
- Frantz Schmidt (1554-1634): un verdugo entre la espada y la medicina
- El maestro Hans y otras figuras famosas de verdugos
- Músicos, juglares y bufones: el entretenimiento en los márgenes de la sociedad
- Resumen de otras profesiones extravagantes de la Edad Media
- Profesiones deshonrosas: estatus jurídico y consecuencias sociales
- Entre la superstición y la vida cotidiana: actividades mágicas y semimágicas
- La jornada laboral, las herramientas y los peligros
- De la Edad Media hasta hoy: ¿qué ha perdurado?
- Conclusión: las profesiones extravagantes como reflejo de la sociedad medieval
- Preguntas frecuentes (FAQ) sobre las profesiones extravagantes de la Edad Media
Tiempo de lectura: aprox. 14 min.
Conclusiones importantes
- En la Edad Media existían numerosas profesiones relacionadas con la muerte, la suciedad y el aseo personal que hoy nos parecen extravagantes, entre ellas las de las piojeras, los bañistas, los desolladores y los verdugos.
- Estas actividades eran legalmente necesarias y estaban vinculadas por contrato a las ciudades o a los señores feudales, pero eran despreciadas socialmente y consideradas «deshonrosas».
- Ejemplos concretos de Núremberg y Baviera (siglos XVI y XVII) ilustran cómo se organizaban estas profesiones, incluyendo ingresos, herramientas y repercusiones familiares.
- Personajes como Frantz Schmidt o el término genérico «Maestro Hans» ilustran el paradójico doble papel entre ejecutor de la justicia y marginado social.
- Muchas de estas profesiones perduran hoy en día en museos, grupos de recreación histórica y novelas históricas.
Contexto: ¿Qué hace que una profesión en la Edad Media sea «extravagante»?
«Bizarro» es un juicio moderno. Desde la perspectiva actual, llaman especialmente la atención las profesiones relacionadas con los fluidos corporales, la muerte, la sexualidad o las supersticiones. En la propia Edad Media, estas actividades eran simplemente necesarias, pero no por ello respetables.
La mayoría de la población trabajaba en la agricultura; la mayoría vivía como campesinos en el campo. En la Alta Edad Media surgieron entonces muchos oficios artesanales especializados en las ciudades en expansión. Dentro del orden social —clérigos, nobles, artesanos respetables— existía una clara línea divisoria con respecto a las llamadas personas deshonrosas. Las profesiones relacionadas con la muerte, la sangre o los excrementos humanos solían ser marginadas. Entre las profesiones deshonrosas se contaban, además de los verdugos y los desolladores, los barrenderos, los alguaciles y los carboneros. La utilidad no era sinónimo de prestigio.
Sin embargo, estas actividades estaban estrictamente reguladas: los contratos, las remuneraciones y las obligaciones establecían lo que un desollador, un sepulturero o un verdugo debía hacer —y lo que no.
Cazapiojos, cazapiojos y demás: el cuidado personal como profesión
Los piojos, las pulgas y otros parásitos eran omnipresentes en la Edad Media, tanto entre los campesinos como entre la nobleza y el clero. La higiene, tal y como la conocemos, simplemente no existía.
El término «despiñadora» se refiere a las mujeres que, a cambio de una remuneración, eliminaban los piojos del cabello y la ropa en hogares acomodados, monasterios o cortes. En las fuentes, esta actividad aparece más bien como un servicio informal: las cuentas domésticas mencionan ocasionalmente pagos por la eliminación de parásitos, pero hasta la fecha no se han encontrado registros formales de gremios para «despiñadoras». El trabajo era, por tanto, real, mientras que la denominación profesional fue más bien una atribución posterior.
La escena era íntima y, al mismo tiempo, cotidiana: en bancos del patio o en las habitaciones de las mujeres se peinaba el cabello, y se trataba por igual a niños y adultos. Las «pieles de pulgas» —pequeños trozos de piel destinados a atraer a las pulgas— y los peines especiales para piojos eran utensilios muy comunes. A menudo, estas profesionales combinaban su trabajo con el lavado, el peinado o el afeitado, de forma similar a las tareas de los barberos y los bañistas.
El bañero: entre la bañera, la sangría y el forúnculo

El barbero-bañista era una mezcla de encargado del baño, peluquero, cirujano y barbero; sobre todo entre los siglos XIII y XV, era una figura imprescindible en el mundo laboral de las ciudades del Sacro Imperio Romano Germánico.
Desde la perspectiva actual, la combinación de bienestar y cirugía resulta casi grotesca: en la misma sala en la que se esparcían hierbas aromáticas en el agua del baño, el bañista extraía dientes, incisiónaba úlceras y realizaba sangrías. Entre sus actividades típicas se incluían:
- sangrado y ventosas
- Afeitado y corte de pelo
- Extracción de dientes con tenazas sencillas
- Eliminación de piojos y parásitos
- Pequeñas intervenciones quirúrgicas en heridas y abscesos
En la Baja Edad Media, los baños públicos gozaban de una reputación dudosa: su proximidad a los burdeles y la presencia de cuerpos desnudos los convertían en lugares de dudosa moralidad. A pesar de ello, los barberos-barrejeros contaban con gremios propios en muchas ciudades; sin embargo, su posición social seguía siendo ambigua debido al contacto con la sangre y la desnudez.
Desolladores, encargados de la limpieza de los vertederos y mataderos: el manejo de los animales muertos
Los animales muertos y los residuos animales suponían un enorme riesgo de epidemias en el densamente urbanizado entorno de las ciudades medievales. El desollador —también llamado «Schinder» o «Wasenmeister»— era quien recogía los cadáveres de los animales, los desollaba y se deshacía de ellos.
Profesiones como la de verdugo y la de desollador eran necesarias, pero se evitaban. El desollador aprovechaba los huesos, la grasa, las pieles y las pezuñas para fabricar cola, cuero y jabón. Este oficio resultaba bastante lucrativo desde el punto de vista económico. Sin embargo, los desolladores eran considerados personas profundamente deshonestas. A menudo vivían en sus propias casas a las afueras de las puertas de la ciudad, tal y como se documenta, por ejemplo, en ciudades del sur de Alemania entre los siglos XIV y XVI.
Una jornada de trabajo típica: recogida de un caballo muerto en la puerta de la ciudad, transporte hasta el Wasenplatz, desollado al aire libre —acompañado de hedor, cuervos y perros callejeros—. No es de extrañar que los artesanos respetables evitaran el contacto con los desolladores, como si la «deshonra» pudiera contagiarse como una enfermedad.
Sepultureros y servicios funerarios: trabajo en los límites del cementerio
El sepulturero era indispensable en todas las parroquias y, durante las epidemias de peste de 1348/49 y a lo largo de todo el siglo XV, resultaba absolutamente imprescindible para la supervivencia.
Sus tareas: cavar tumbas, enterrar cadáveres, excavar fosas comunes durante las epidemias y cuidar del cementerio. Los lavadores de cadáveres preparaban a los difuntos para el entierro y eran marginados socialmente, al igual que los propios sepultureros. El contacto con la descomposición, las supersticiones en torno a los fantasmas y los muertos vivientes, así como las concepciones religiosas sobre la pureza, convirtieron esta profesión en el arquetipo de lo deshonroso.
A veces, los sepultureros asumían tareas adicionales: vigilar el cementerio por la noche, tocar la campana fúnebre y vigilar las tumbas recién cavadas para evitar a los ladrones de tumbas. Durante una epidemia de peste en una ciudad imperial, un sepulturero podía tener que enterrar numerosos cadáveres en un solo día, bajo el peligro constante de enfermar él mismo. No fueron pocos los que murieron precisamente en las tumbas que antes habían cavado para otros.
Verdugos y ejecutores: despreciados, temidos, pero indispensables
Los términos «verdugo» y «ejecutor» designan al encargado de ejecutar las penas seculares en el ordenamiento jurídico de la Alta y la Baja Edad Media. A nivel regional existían otras denominaciones, como «Nachrichter» en Franconia. En las ciudades del sur de Alemania, «Meister Hans» era un nombre genérico muy extendido para referirse al verdugo, una denominación que ocultaba su identidad y creaba deliberadamente distancia.
Los verdugos eran funcionarios, pero estaban socialmente marginados. Eran empleados municipales o del señor feudal con contrato fijo y, al mismo tiempo, el arquetipo de la profesión deshonrosa. La población oscilaba entre el miedo y la fascinación: se temía la espada del verdugo, pero al mismo tiempo se confiaba en un corte «limpio».
¿Cómo se llegaba a ser verdugo?
Casi nadie elegía esta profesión por voluntad propia. El camino de la vida solía estar predeterminado por el origen y las presiones sociales.
- Herencia: la profesión de verdugo solía transmitirse de padres a hijos. En las familias de verdugos, los hijos tomaban el relevo del padre porque otros gremios, sencillamente, no los admitían. Por ello, la familia de un verdugo solía quedar socialmente estigmatizada durante generaciones.
- Coacción por parte de las autoridades: hubo casos reales en los que se obligó a hombres a ocupar el cargo contra su voluntad. Así, en el siglo XVI, el margrave de Brandeburgo-Kulmbach sacó de entre la multitud a un simple leñador llamado Heinrich Schmidt y le obligó a ahorcar a tres condenados a muerte. A partir de ese momento, a Heinrich Schmidt —padre del posteriormente famoso Frantz Schmidt— no le quedó más remedio que asumir de forma permanente el cargo de verdugo.
- Excepciones poco frecuentes: en contadas ocasiones, algunos hombres optaban conscientemente por esta profesión, atraídos por el sueldo fijo que ofrecía una ciudad imperial. En Núremberg, por ejemplo, el cargo garantizaba un sustento seguro, aunque a costa de un aislamiento social total.
Las tareas del verdugo: mucho más que simplemente ahorcar
El día a día de un verdugo iba mucho más allá de la ejecución y estaba estrictamente regulado por el derecho municipal o regional.
| Tipo de pena | Descripción |
|---|---|
| Decapitación con espada | Se consideraba la forma «más honorable» de pena de muerte |
| Ahorcamiento en la horca | El método de ejecución más habitual, sobre todo en casos de robo |
| Rueda | Para delitos especialmente graves, como el asesinato |
| La hoguera | Sobre todo en casos de herejía y supuesta brujería |
| Mutilación (mano, oreja) | En el caso de delitos menores |
Además, los verdugos recurrían a la tortura para obtener confesiones, por ejemplo, en el potro o con los tornillos de pulgar, siempre bajo la supervisión de los jueces. Además, el verdugo limpiaba los lugares de ejecución y se deshacía de los cadáveres de los ejecutados, en parte en colaboración con los desolladores.
El verdugo como sanador: un doble papel paradójico
Muchos verdugos poseían amplios conocimientos de anatomía, adquiridos a través del contacto diario con heridas, huesos y cadáveres. En muchas ciudades, los verdugos trabajaban además como cirujanos, ortopedistas y curanderos, sobre todo para los sectores más pobres de la población, que no podían permitirse un médico oficial.
Entre los servicios típicos se incluían:
- Reducir fracturas
- Incisión de úlceras
- Realizar sangrías
- Extracción de puntas de flecha o astillas
La ambivalencia era palpable: la gente evitaba al verdugo en su vida cotidiana, pero acudía a él expresamente cuando los médicos oficiales resultaban demasiado caros o ineficaces. Un paciente que llamaba a la puerta de la casa del verdugo por la noche lo hacía con la esperanza de curarse, pero al mismo tiempo con el temor de que lo vieran.
¿Cuánto ganaba un verdugo en la Edad Media?
A pesar del rechazo social del que eran objeto, los verdugos podían obtener unos ingresos considerables. Un verdugo competente llegaba a veces a alcanzar el nivel de vida de un maestro artesano; en ocasiones, incluso lo superaba.
| Fuente de ingresos | Descripción |
|---|---|
| Sueldo fijo | Pago periódico por parte del ayuntamiento o del señor feudal |
| Honorarios por ejecución | Remuneración adicional en función del tipo de pena |
| Prestaciones en especie | Madera, cereales, derecho de vivienda |
| Bienes de los condenados | Ropa y objetos de los ejecutados, según el derecho municipal |
| Práctica de la medicina | Pago por tratamientos médicos |
| Ocupaciones secundarias | Venta de pieles de animales procedentes de la actividad de desollador |
En ocasiones, los verdugos también obtenían ingresos de productos «medicinales», como pomadas a base de grasa animal, a las que el pueblo atribuía propiedades curativas.
Frantz Schmidt (1554-1634): un verdugo entre la espada y la medicina
Aunque Frantz Schmidt vivió ya en la Edad Moderna, su trayectoria tiene sus raíces profundamente arraigadas en la tradición tardomedieval del oficio de verdugo. Nacido hacia 1554 en Hof (Franconia), su destino quedó marcado por la carrera profesional involuntaria de su padre, Heinrich Schmidt.
De 1573 a 1578, Schmidt ejerció primero como verdugo en Hof y, posteriormente, de 1578 a 1617, durante casi cuatro décadas, como verdugo de la ciudad imperial de Núremberg; en total, acumuló unos 45 años de carrera en este cargo. Su diario, escrito de su puño y letra, documenta 361 ejecuciones que llevó a cabo, así como otros 345 castigos corporales, como azotes y mutilaciones. Según sus propias estimaciones, además, trató a unos 15 000 pacientes como sanador, una cifra que el historiador Joel Harrington confirma en su análisis del diario de Schmidt.
Su diario se considera hoy en día una de las fuentes más importantes sobre la realidad jurídica de esa época. Al final de su vida, Schmidt recibió una rehabilitación imperial de su honor, tanto para él como para sus hijos, lo que constituye un raro ejemplo de reconocimiento tardío de una profesión «deshonrosa».
El maestro Hans y otras figuras famosas de verdugos
La denominación «Maestro Hans» era, en muchas ciudades del sur de Alemania, un término genérico para referirse al verdugo. El nombre anonimizaba al titular del cargo y, al mismo tiempo, personificaba el poder punitivo de la ciudad. Quien decía «Maestro Hans» no se refería a un hombre concreto, sino al cargo en sí.
Una de las familias de verdugos más conocidas fue la dinastía Kuisl de Schongau, en Baviera, que transmitió la profesión de generación en generación desde el siglo XVI hasta el XIX. El escritor Oliver Pötzsch, descendiente de los Kuisl, dio a conocer a su antepasado Jakob Kuisl (1612-1695) a un amplio público con la serie de novelas «Die Henkerstochter» (La hija del verdugo). Hoy en día, este tipo de personajes reaparecen también en series históricas y en grupos de recreación histórica.
Músicos, juglares y bufones: el entretenimiento en los márgenes de la sociedad

El entretenimiento en la Edad Media estaba estrechamente ligado a los grupos itinerantes. Juglares, juglares ambulantes y feriantes iban de un lugar a otro, actuando en mercados y fiestas municipales. Sus profesiones se consideraban sospechosas: el nomadismo, la falta de vinculación a un gremio y su proximidad al juego y al engaño les conferían una reputación ambigua.
Sus tareas abarcaban desde la música y el canto, pasando por las acrobacias y el adiestramiento de animales, hasta la transmisión de noticias entre ciudades. Los bufones de la corte y los bufones municipales constituían un caso especial: contratados directamente por la corte o el ayuntamiento, podían expresar verdades de forma jocosa, una libertad a la que nadie más tenía acceso.
Resumen de otras profesiones extravagantes de la Edad Media
Además de los conocidos marginados, existía una gran variedad de actividades curiosas:
- Vigilante nocturno: patrullas nocturnas por callejones oscuros, anunciar las horas, alertar de incendios… un servicio solitario.
- Limpiador de alcantarillas: limpieza de letrinas y fosas de retretes, una de las profesiones más despreciadas.
- Llorona profesional: mujeres que, a cambio de una remuneración, lloraban y se lamentaban en los funerales.
- Recolectores de sanguijuelas: a menudo vadeaban descalzos por pantanos fangosos para capturar sanguijuelas, indispensables para las sangrías que practicaban los barberos.
- Recolector de miel silvestre: una especie de apicultor forestal que recolectaba miel de colmenas silvestres en árboles huecos. Para ello, los recolectores solían trepar entre 5 y 25 metros de altura y marcaban «sus» árboles con un símbolo familiar. El emperador Carlos IV llegó incluso a conceder a los «Zeidler» alemanes sus propios privilegios jurídicos en 1350, lo que demuestra la importancia económica de esta profesión.
- Schinderknecht: ayudante del desollador, con una posición social aún más baja que la del propio desollador.
Por el contrario, los panaderos, molineros y carniceros eran importantes para el abastecimiento diario y solían gozar de una posición respetable. Del mismo modo, las profesiones comerciales, los herreros, los canteros y los carpinteros desempeñaban un papel fundamental en la economía urbana, organizados en sus propios gremios. También los escribanos, los monjes, los sirvientes y las criadas marcaban la vida —no de forma extravagante, pero sí indispensable—, al igual que los campesinos que labraban los campos.
Profesiones «deshonrosas»: estatus jurídico y consecuencias sociales
El concepto medieval de «deshonra» no era un juicio moral en el sentido actual, sino una condición jurídica. En principio, los miembros de profesiones deshonrosas no podían formar parte de los gremios, y estos organizaban a los artesanos y regulaban la formación y la calidad; quien se consideraba deshonroso quedaba excluido.
Los grupos profesionales típicamente deshonrosos eran los verdugos, los desolladores, los sepultureros, los barrenderos, los alguaciles, los carboneros y, en algunos casos, también los molineros o los pastores, según la región. Las consecuencias eran graves:
- barrios de residencia separados (como las casas de los verdugos a las afueras de las puertas de la ciudad)
- Bancos propios en la iglesia o exclusión total del servicio religioso
- Derechos matrimoniales restringidos —por lo general, solo dentro de su propio estamento
- Los hijos de estas familias a menudo no tenían oportunidad de ejercer profesiones respetables
Las profesiones deshonrosas se asociaban con la muerte, la sangre y la suciedad, y esta mancha se transmitía de generación en generación. La administración de las ciudades regulaba esto mediante los derechos municipales y los estatutos de los gremios, no mediante la arbitrariedad personal.
Entre la superstición y la vida cotidiana: actividades mágicas y semimágicas

Muchas profesiones extravagantes se movían en la frontera entre la medicina, la religión y la magia. Las «mujeres sabias», los adivinos y los vendedores de amuletos ofrecían pociones de amor, hechizos protectores y remedios curativos; a algunos se les veneraba como ayudantes, a otros se les perseguía como brujas.
La conexión con las profesiones oficiales era difusa: los bañistas, los barberos y los verdugos también utilizaban la herboristería y prácticas que, según la creencia popular, se consideraban mágicas. Las penurias cotidianas —enfermedad, hambruna, mortalidad infantil— empujaban a la gente a recurrir a este tipo de servicios. A partir de finales del siglo XV, el inicio de la caza de brujas agravó considerablemente la situación: lo que antes se consideraba arte de curar, de repente podía significar la muerte en la hoguera.
La jornada laboral, las herramientas y los peligros
Las profesiones insólitas solían conllevar un esfuerzo físico y psicológico extremo. Las herramientas reflejan la dureza del trabajo:
- Verdugo: espada de ejecución, hacha de verdugo, soga de la horca, instrumentos de tortura como los tornillos de pulgar y el potro
- Desollador: herramientas para desollar, ganchos de desollador, cuchillos
- Sepulturero: palas, azadas, tablas para los encofrados de las tumbas
- Barberos: peines para piojos, navajas de afeitar, ventosas, pinzas
Los peligros eran reales: riesgo de infección para los barberos, peligro de epidemias para los desolladores, lesiones durante las ejecuciones y estrés psicológico por el contacto diario con la muerte y el sufrimiento. Muchos de estos grupos profesionales desarrollaron normas de seguridad informales: determinados movimientos manuales, desinfección con alcohol o hierbas, ropa protectora de lino grueso.
Desde la Edad Media hasta hoy: ¿qué ha perdurado?
Muchas profesiones extravagantes han desaparecido, otras han evolucionado:
- Verdugo → sistema penitenciario moderno sin ejecuciones públicas y sin pena de muerte (en Europa)
- Barbero → peluquero, masajista, fisioterapeuta, cirujano
- Desollador → instalaciones de eliminación de cadáveres de animales
- Músicos ambulantes → músicos y animadores profesionales
Estas profesiones siguen vivas en museos, en fiestas históricas y en grupos de recreación histórica. Novelas como «La hija del verdugo» retoman la historia de las familias de verdugos. Frantz Schmidt y el maestro Hans son hoy en día parte integrante de la didáctica de la historia, desde las clases escolares hasta las visitas guiadas por Núremberg.
Conclusión: las profesiones extravagantes como reflejo de la sociedad medieval
Lo extravagante surge de la distancia. Lo que hoy nos parece exótico era imprescindible para la vida en la Edad Media. Profesiones como la de la picadora de piojos, el barbero, el verdugo, el desollador y el sepulturero ofrecen una visión profunda de las concepciones sobre la higiene, el orden de la administración de justicia y el mundo de creencias de una época. Muchas de estas profesiones eran indispensables para el funcionamiento de la sociedad, desde el comercio en los mercados hasta la ejecución en la horca.
La exclusión social y la «deshonestidad» jurídica son claves fundamentales para comprender la Edad Media. Quien pase por la torre del verdugo en el próximo mercado medieval o vea a un barbero en acción en un festival de recreación histórica, ahora conocerá las historias que se esconden tras bambalinas. Merece la pena fijarse con más detenimiento: en los museos, en las fuentes históricas y, sobre todo, en las historias de vida del pasado.
Preguntas frecuentes (FAQ) sobre profesiones curiosas de la Edad Media
¿Existía realmente la profesión de «quitapiojos» o es un mito?
La eliminación de piojos y pulgas está bien documentada históricamente, en parte como un servicio propio —a menudo prestado por mujeres— en hogares acomodados y en los baños públicos. Sin embargo, en los documentos oficiales, «despiñadora» rara vez aparece como denominación profesional formal. Se trataba más bien de una actividad remunerada dentro del ámbito de los servicios domésticos, comparable al lavado o al peinado. Así pues, la eliminación de piojos era real, pero el título profesional es una atribución posterior.
¿Por qué se consideraba a los verdugos y a los ejecutores «deshonestos», a pesar de que actuaban en nombre de la ley?
La proximidad física a la sangre, la muerte y la tortura se consideraba, en la cosmovisión cristiana, impura y peligrosa para el alma. Las concepciones religiosas del pecado y la impureza ritual reforzaban este efecto. Aunque el verdugo actuaba por encargo del Estado, la sociedad consideraba que el contacto con la muerte era una mancha que se extendía a toda la familia, independientemente de la legitimidad jurídica de sus actos.
¿Podía un niño de una familia de verdugos o desolladores elegir otra profesión?
Esto resultaba extremadamente difícil debido a la estigmatización social y a la exclusión de los gremios. Solo en contadas ocasiones se lograba salir de esa situación, por ejemplo, mediante un privilegio principesco o imperial, un matrimonio con una familia respetable en un lugar lejano o un cambio de residencia deliberado. El ejemplo de Frantz Schmidt demuestra que, incluso tras décadas de fiel servicio, fue necesaria una intervención imperial para restablecer oficialmente el honor de la familia.
¿Hasta qué punto son creíbles, desde un punto de vista histórico, novelas como «La hija del verdugo»?
La serie «La hija del verdugo», de Oliver Pötzsch, se inspira en una familia de verdugos real, los Kuisl de Schongau, de la que el propio autor es descendiente. Las condiciones generales —condición social, tareas, marginación— se ajustan en gran medida a la realidad. Sin embargo, los detalles y las tramas están adornados con elementos de ficción. Es recomendable distinguir conscientemente entre hechos y ficción y complementar la lectura con fuentes históricas.
¿Se siguen viendo hoy en día este tipo de profesiones «en acción» en algún sitio?
Sí, en pueblos-museo, en visitas guiadas por la ciudad (como las visitas guiadas sobre verdugos en Núremberg o Rothenburg), en grupos de recreación histórica y en mercados medievales. No obstante, las representaciones modernas están muy suavizadas y adaptadas con fines pedagógicos. Quien visite la casa del verdugo en Núremberg podrá vivir la historia de primera mano, sin la brutal realidad del original.










